El recuerdo latente de la pelirroja de la primera fila
escocía en el pecho y dolía bajo el
pantalón. Cigarros que espantaban dudas
y canciones que inducían a la locura. Demasiados tequilas. Demasiados corazones
rotos. Sus lenguas no se conocían, ni
siquiera se comprendían. Podrían culpar al frío condensado en los escaparates y
a los maniquíes, mudos testigos de sus desdichas. Sin embargo, cada uno de los
peldaños que escalaban se deshacían a su paso y unos ojos de gata enloquecían
por momentos. Verde que te quiero verde y un sujetador sin dueño se clavó en el
suelo. Su pelo de viejo rockero reposaba
sobre sus pechos de pequeña musa torturada por los años. Sus labios de fugitiva
sin dueño daban un repaso a su cuerpo de poetastro de los suburbios. Fundirse
en embestidas salvajes sonaba delicioso aquella catastrófica noche de
diciembre. Consumirse en placeres prohibidos. Sucumbir, por fin ,al amor de
estraperlo.
"Consumirse en placeres prohibidos" ...n-n (Abrazar)
ResponderEliminarY a la mañana siguiente mirarse en el espejo y bajar la cabeza...
ResponderEliminarBesos.
(con ganas de saber más sobre la pelirroja me he quedado yo ahora).
ResponderEliminarmuá.
Las pelirrojas siempre dan dolor de cabeza, pero creo que son las más buenas en la cama. Intuición jaja.
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