Somos débiles. Una materia difusa que
acaricia de forma continua el caos y el desorden.
Trepamos por una enredadera por mera
curiosidad y al llegar arriba esculpimos un retrato que nos haga
recordar.
Intentamos dejar algo que nos perpetué.
Aunque sólo sea un verso, o una
pincelada, o un acorde o una marcha desviada.
Nos volvemos corrompibles.
Sacuden el saco de monedas que
tintinean frente a nosotros y nos convertimos en algo frío e
insensible.
Nos callamos las verdades por no
ofender o por ahorrar disgustos y seguimos masticando hipocresía.
Ni mejores ni peores. Estamos tan
condenados a nuestras circunstancias que nos ahogamos entre tanta
sociedad. Suciedad.
Nos condenamos a un amor masticado. Un
amor que se masturba cada vez que le damos de lado.
Se queda en mi garganta el sabor amargo
de la derrota y tres mil quinientas centellas mal brilladas.
Me intento evadir, y ya no queda nada
de mí, ni de ti, ni del cúmulo de cosas por las que me pueda
arrepentir.
Nos perdemos, con el humo de la calle,
con los gritos de la gente...