Guarde toda la ropa que llevaba semanas
sin ser planchada de golpe en el armario. Barrí la mesa y escondí
todo en cajas de zapatos. Y los zapatos debajo de la cama.
Sonreí una vez más frente al espejo
de forma exagerada y deje pasar a aquel señor de gabardina.
Yo llevaba una bata de seda y un moño
deshecho que aparentaba un look casual y descuidado.
Me dirigió una fría mirada de
indiferencia y yo le correspondí con un kilo de dulzura.
Serví dos copas, y le ofrecí una
mientras sus ojos recorrían mis piernas con un brillo de excitación.
Tras dos tragos sus manos desgarraban
mi bata con furia y ardor y yo, como si de un maniquí tratara me
dejaba caer hacía atrás, a suspirar cuando él dictaba y clavar las
uñas en su espalda en una fingida pasión.
Y entonces cayó como si de un peso
pesado se tratara.
Un “oh” escapo de mis labios
mientras el dejaba escapar su vida en un tiritero aliento.
Mi corazón ni siquiera se doblo de la
sorpresa, y señalo culpable en silencio al bote de arsénico
guardado en un cajón.
Un Mayo vacío, un poco menos de ti,
quererte tanto es lo que me ha hecho así.