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jueves, 30 de agosto de 2012

Que no hay quien pueda dormir, escuchando mi latir, que parece que esta masticando cristales.

A veces me pregunto porque asesiné a la bailarina de cristal.
Quizá porque una historia inacabada es algo que te persigue eternamente, o tal vez porque si no era ella, sería yo la muerta.
Son extrañas drogas, el amor y la poesía.
Pueden elevarte al séptimo cielo o arrastrarte al peor de los infiernos, y en ocasiones, mezcladas con un buen añejo provocar un suave erotismo con desencanto.
El caso es, que el otro día al pasar por una tienda de antigüedades recorde a mi pequeña bailarina.
La eche de menos, y odie un poco su fragilidad. Desee encontrar el papiro y la pluma y poder cambiar su trágico final.
Luego doblé una esquina, y me volví un poco más fan de Satán, brinde por su muerte y por que nunca más me volviera a hacer dudar.
Maldita sea Cérise, si salgo de esta nos volvemos a ver por Madrid.

4 comentarios:

  1. Supongo que tu bailarina se encuentra en el infierno rodeada de otros tantos que como ella no supieron hacer que cicatrizasen viejas heridas de guerra.
    Brinda por ella y resucitala alguna noche de tormenta. Para darle una muerte digna y que descanse en paz al fin.

    Tequiero rana y tu sigue asi tan increible como siempre.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. La poesía dura más que el amor.
    De hecho dura hasta el último día.
    Nuestra propia muerte es un poema desgarrador.

    Besos.

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  4. Me encanta volver a ser asidua a tu tablón. Lo echaba de menos.

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