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lunes, 30 de julio de 2012

Que no hay quien pueda dormir, escuchando mi latir.


Me desquito poco a poco de los restos de arena que se escondían en los recovecos de mi piel.
Luego respiro. 
Me rodea un cúmulo de desorden que por desgracia me agrada y así es como voy coleccionando chorradas como sobres de azúcar o rotuladores sin tinta.
Amargos tragos de café que endulzan mis mañanas y si el Sol aún no me ha visto me desvisto y me encaramo al tejado para así sorprender a las ratas del cielo que anidan en el.
Maúllo dos veces, total, aquí nadie me ve y luego absorbo todos nuestros recuerdos en un granizado de limón que me hiela la sien.
Engaño a mi sastre y escapo calleja abajo, ahora nadie me entiende y quizá sea mejor así, ni yo misma sé de que hablo y no hago más que tartamudear cuando me empiezo a enamorar.
Que no, que no.
Que justo aquí le declare la guerra al amor y no será ahora cuando me rinda.
Mas dame un minuto, o quince que más da si al chocar nuestros labios es como si temblara la realidad.
El crujido de mi boca al masticar entrañas me vuelve a cautivar y me enredo en un bucle del que rara vez consigo escapar.

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