Primero un ligero temblor, que recorría
lentamente vertebra por vertebra,
e irreflexibamente una espalda
arqueada.
Luego las piernas sudadas, y adiós
caparazón, adiós sujetador.
La copa descansaba sobre la mesilla,
y
su licor de vez en cuando salpicaba sobre la madera.
Quizá hubiera algún pensamiento, pero
la obnubilación,
como una densa niebla, iba disipando cada amago de
razón.
Las uñas clavaban,
los dientes
mordían,
los labios buscaban un trozo de almohada donde poder ahogar
los gemidos y de forma lasciva caer en el Retiro.
Y había algo triste en aquel polvo,
y ambos, lo sabían.
Final demoledor...como casi todas las pasiones.
ResponderEliminarSalud.