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lunes, 12 de mayo de 2014

Del absurdo querer de los domingos.

Primero un ligero temblor, que recorría lentamente vertebra por vertebra,
e irreflexibamente una espalda arqueada.

Luego las piernas sudadas, y adiós caparazón, adiós sujetador.
La copa descansaba sobre la mesilla, 
y su licor de vez en cuando salpicaba sobre la madera.
Quizá hubiera algún pensamiento, pero la obnubilación,
como una densa niebla, iba disipando cada amago de razón.
Las uñas clavaban,
los dientes mordían,
los labios buscaban un trozo de almohada donde poder ahogar los gemidos y de forma lasciva caer en el Retiro. 

Y había algo triste en aquel polvo,

y ambos, lo sabían.  

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