Que el Otoño se desnude y tú te pongas la ropa, es lo que yo llamo Invierno.
Y tras tu estampido, el primer soplo de aire frío se queda esperándome en el alféizar.
Me revuelvo como un gusano entre las sábanas de lino y caigo al suelo cual manzana roída.
Apenas me atrevo a echarte de menos, porque derramar el alcohol sobre mis heridas, aunque ya no duela, sigue escociendo.
Y no nos vamos a engañar, porque es obvio que cuando nos encontremos a los dos se nos va a retorcer algo en nuestro interior. (Es un voraz monstruo de galletas)
Que da lo mismo y ya lo sé, que eso del querer es algo que a mí me desgasta y que ni sé.
Morderme el labio inferior, teñirlo de rojo,
hacerte un hueco en mi colchón y echar el cerrojo.
Y tú sabes que siempre volveré, con la estúpida excusa de pedirte un cigarro que luego aplastaré con mis pies.
Que de marzo a agosto podemos consumir nuestros cuerpos el uno junto al otro y ya en septiembre si eso, nos hacemos un poco más de daño para que diciembre no nos pille sin nuestro ruin encanto.
Y es que, Querido, nosotros somos de esos extraños seres que no nacimos para anhelar besos bajo la luz de la Luna.
Vencer el tiempo que nos alimenta.
ResponderEliminarRealmente bello.
Magnífica entrada.
Un saludo.
Yo creo que he aprendido a dejar de echar de menos... en verdad no sé.
ResponderEliminarEstás condenada de por vida.
ResponderEliminarEs bonito.
Y trágico.
Besos.
Cuando las cosquillas en el alma se tornan en pinchazos... no tienen razón de echarse de menos, o si?
ResponderEliminarComo siempre, mi aplauso.
Besos
He de confesarte que la última oración me ha fascinado.
ResponderEliminarAmar siempre desgasta a lo largo del tiempo.
Pero que el invierno también deje nuevos espacios para la llegada de otra estación, aunque no haya lunas.
ResponderEliminarSaludos:
V